Piensa tío, que nosotros fuimos los que dimos la vuelta al Mar Menor en 21 horas. Fuimos los que anduvimos toda la noche sin dormir. Y, después de haber recorrido 68 kilómetros en un puñado horas, fuimos capaces de adentrarnos en los pantanos a las 3 y media del mediodía, en pleno agosto, en pleno verano.
Y con menos de medio litro de agua para los dos, nos propusimos llegar al otro lado, metiendo los pies en ciénagas, y fango, donde era muy difícil sacar los pies, y donde era aún más complicado dar un paso. Dónde no veías donde podrías pisar, si ibas a poder sacar el pié, o te hundirías sin remedio.
Las gotas de sudor nos caían sin parar, y el Sol, en lo alto, nos azotaba sin descanso. El golpe de calor hubiera sido de lo más común para dos personas cualesquiera en nuestras circunstancias, pero éramos nosotros los que estábamos allí, nadie más, y la gente era en nosotros quien confiaban.
Sólo tú y yo sabemos de verdad la dificultad de esas dos horas, esos dos kilómetros con las mochilas sobre nuestros brazos, con el fango hasta la cintura, con el sol sobre nuestras cabezas, con 68 kilómetros tras nosotros.
Sólo nosotros fuimos capaces de soportar ese esfuerzo físico, y sobre todo mental. Entonces, mi pregunta es, si conseguimos terminar vivos en esa situación de pura supervivencia, ¿Por qué no terminar así con todos nuestros propósitos?