Ya empiezan las noches de verano, noches largas a corta escala, cortas a largas. Noches en la que su función no es dormir. Únicamente estar, estar con el ordenador, estar escribiendo una entrada. Noches en la que tu conciencia no te come por dentro porque no tienes que estudiar para un examen. Noches en las que disfrutas chateando hasta las tantas. En las que te tomas una copa detrás de otra. Noches en las que sales con tus amigos te metes en una discoteca y acabas con los tímpanos a reventar hasta que te acuestas al día siguiente a las diez. Noches que te quedas hasta la una, las dos, las tres, las cuatro, sobretodo las cuatro y haces más cosas que hablar. Noches en las que no se necesita más luz que la de la propia luna. Noches en las que te sientas a ver las estrellas, y reaparece la ilusión al descubrir que una de ellas es fugaz. Esas noches han llegado, no se van a acabar nunca, pero este es el tiempo de aprovecharlas. Quedarnos sentados sin hacer nada no es la mejor manera de deleitarse con estos momentos. Dejarlos pasar y descubrir después que nunca los vamos a recuperar...¿para qué lamentarse entonces? Demos uso útil a estos momentos. Quizás nunca más volvamos a sentirnos tan jóvenes y fuertes para hacer todas estas cosas.

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